- ¿Querés vino? - ¿Qué? - Si querés vino - repitió ella, sacándolo de su ensimismamiento. - ¡Ah! Sí, sí quiero - y la miró mientras llenaba su copa con lentitud y decisión. A veces le parecía que ella había nacido para eso. No para llenar copas, no, sino para hacer las cosas con una desenvoltura envidiable y una actitud desinteresada que le provocaba besarla cada vez que la miraba. Pero no se lo decía. Pensaba que a las mujeres no hay que dejarles saber que uno haría cualquier cosa por una de sus sonrisas. Ella sabía que él la amaba, y punto. Con eso bastaba. Con eso siempre había bastado. ¿Para qué decirle que sin ella no podría existir? ¿Para qué aclararle que le gustaría verla todas las mañanas por el resto de su vida? Se sentiría asfixiada y lo terminaría dejando por el primer imbécil que la tratara un poco mal. Sí, eso era seguro. Sabía muy bien que las mujeres son un poco masoquistas y prefieren tener de qué quejarse, que tenerlo todo. - ¿Querés más ensalada? - ¿Eh? - ¿Dónde andás hoy? Estás en las nubes - dijo sacudiendo la cabeza y sonriendo un poco. Se sintió avergonzado. Desvió la mirada, observó el lugar, la gente, las mesas. Estaban en un restaurante al que nunca habían ido. Decoración sencilla, comida a precios accesibles, buena atención, y quedaba cerca de su casa. - Tengo que decirte algo - habló por fin. - Decime - le respondió ella tranquilamente. - No puedo verte más. Se levantó de la mesa sin poder mirarla. Dejó un poco de dinero para la cuenta y caminó hacia la salida, con el corazón a punto de explotarle en el pecho. Abrió la puerta y el encuentro con el viento frío de la calle terminó de helarle el alma.
¿Y si las cosas no fueran sólo "cosas"? ¿Si fueran...? No sé, ideas que tomaron forma. Si se movieran cuando no las vemos. Si pensaran, si sintieran. ¿El sillón me mira desde el rincón? ¿Las flores se entristecen al marchitar? No sé... ¿Y si te viera pasar? ¿Si te mirara a través de una ventana... una ventanita sucia... en el primer piso de un viejo edificio en París? ¿Si caminaras tranquilamente por las callecitas empedradas y yo no te conociera? Si en vez de estar escribiendo esto estuviera, digamos, en algún lugar remotamente alejado de acá. Si tuviera otro nombre y vos otro color de ojos. Si no estuvieras leyendo esto y no me gustaran las papas fritas. ¿Y si te cruzara a la salida de un teatro en Nueva York dentro de 10 años pero no nos viésemos? Si nada de esto existe y nadie lo escribió nunca, ¿en qué punto me encontraría yo? No sé...
La otra vez (o sea hace un año) estaba viendo mis dibujitos del jardín y las carpetas de Plástica de la primaria (sí, esas cosas que uno hace cuando empieza a salir con alguien, es como un ritual... como lo de ver fotos de cuando era chiquito)... En fin, estaba viendo mis creaciones y descubrí que tenía una cierta fijación con festejar la primavera. No con la primavera en sí, sino con festejar su llegada. Siempre había algún dibu que rezaba "¡¡¡Llegó la primavera!!!", dicho por una flor gigante con sonrisa enorme y muchos dientes (parece creepy la descripción, pero era adorable), rodeada de personajitos exclamando: "'¡Sí!", "¡Qué bueno!", "¡Genial!", "¡Guau!". En general, los bichos éstos eran: - Flores parlantes más pequeñas - El sol - Las nubes - Cucharas. Sí, cucharas. Cucharas humanizadas. Con sombrero, moñito, y su rasgo más característico: Botones. Me gustaba coleccionar cucharitas de helado, que luego usaba para dibujar el contorno de peculiares personajes. Estaba la casa de la cuchara, el auto de la cuchara, el laguito donde las cucharas nadan... Lo loco en todo esto, es que TODAS las cucharas tenían una fila de botones. Una laaaarga fila de botones. Tal vez eran cucharas en edad escolar y tenían puesto un guardapolvo. Eso explicaría lo de los botones, creo.
He aquí mi pequeña contribución al Día de la Primavera. Para vos, Anonadado (o Anodadado, como más te guste). PS: Prometo subir una prueba de que todo esto existe.
Llueve. Llueve mucho y no sé cuándo va a parar. Llueve y no es lindo porque duele. No es una lluvia agradable a los oídos. Lo cubre todo, no deja hablar, no deja escucharse. Esta vez no lava heridas, sólo lastima. Hoy llueve y quizá llueva para siempre.
Se me dio por recordar entradas viejas de este blog y vi de todo: Cosas que me gustaron, cosas que me avergonzaron, cosas que decidí borrar. Generalmente, nos es difícil leernos a nosotros mismos, y más cuando se trata de palabras escritas hace mucho tiempo. A veces hasta nos cuesta reconocernos. Porque ya no hablamos así, porque pensamos diferente, porque nos sentimos tontos e inmaduros. Lo mismo pasa cuando nos escuchamos hablar. Bueno, supongo que a los locutores no (con la excepción de la mina que dice "El número solicitado no corresponde a un abonado en servicio", porque ella se debe autoputear también). Me estoy yendo por las ramas. La idea de esta entrada era rescatar algunos de los posts que me han gustado. Están invitados a comentar si quieren. Sé que nunca lo hacen y me lo dicen por otros medios pero bueno, el feedback siempre es bueno ^^
Las nubes son barriletes. Llegan tan alto porque tienen hilos largos, color celeste, para que no los veamos. Bah, en realidad son camaleónicos, cambian con el color del cielo. ¿Nunca viste una bandada de pajaritos que van volando y de repente se chocan contra algo y salen todos desorientados para cualquier lado? ¿No? Yo tampoco. Camino mirando para abajo. Hay que ser más observadores. Entonces, decía que las nubes son barriletes. ¿Quién los remonta? Unos señores misteriosos vestidos de gris. No, de negro no, de gris. Con cuello alto y sombrero, y zapatos en punta, obviamente. ¿Y la lluvia qué es entonces? Las gotas son pedacitos de barrilete que se van deshaciendo cuando la nube se va haciendo vieja. ¿Y la lluvia ácida? Restos de barriletes hechos de materiales tóxicos, claro. Y los señores misteriosos de los que hablábamos, cuando se cansan, se tiran en el pasto y atan los hilos a los árboles. No, los árboles no son invisibles. Por favor, no sean fantasiosos, cómo va a haber árboles invisibles. Pasa que atan los hilos en los árboles más altos, entonces nadie los ve. ¿Y las nubes de lavanda? Ahhh... Ésos son barriletes más especiales. ¿Cómo son? No sé.
Éste es el monólogo que escribí para presentar a Radio Freccia a modo de demo, si quisiera empezar a trabajar allí... Si existiera tal cosa, en primer lugar. (La curiosidad mató al gato, pero si quieren pueden googlear para saber de qué se trata. Ok, no lo van a hacer. Radio Freccia es una radio ficticia, que aparece en una historia del cantautor y escritor italiano Ligabue, sobre la cual luego se hizo una película.) Agradezco a Ale, cuyos pensamientos me iluminaron y me inspiraron a escribir algo así. (Sentite importante)
Mi piace il tè di frutti rossi, il chill-out e odio i crepuscoli. Mi piacerebbe poter parlare francese e spendere un tempo in ogni città del mondo. Ho risposte per tutte le domande che non mi faranno mai. Penso che non sia possibile descrivere una persona con un listino di aggettivi, perché una persona è veramente un concetto. Credo agli occhi degli sconosciuti che trovi per strada e che ti fanno abbassare lo sguardo. Ritengo fissamente che la vita di tutti i giorni dovrebbe avere una canzone di fondo come nei film. Non prego nessun Dio. Non ho fiducia cieca in nessuno, nè in me. Ho certezza in una sola cosa: Non possiamo cambiare il mondo. È il mondo chi ci cambia. Sento la mancanza delle farfalle che apparivano in primavera, e delle colline che vedevo attraverso la finestra. Voglio stare in piedi a metà strada, con le braccia aperte, sentire il vento, che ha la strana abilità di ricordarci che stiamo vivi. Perché a volte, ci si dimentica. Specialmente quando viviamo col pilota automatico acceso, e credetemi che a tutti ci succede. Ma stavamo parlando di me... Io, che non so suonare la chitarra nè leggere la musica. Io, che non sono mai stata a Parigi. Potrei dirvi il mio nome, la mia età, la mia data di nascita, ma quello non sarebbe dirvi chi sono. Perché dopotutto, che importa chi sono io. Se facciamo a meno delle presentazioni e le parole, tutti siamo la stessa cosa con diverse sfumature. E adesso io, vi lascio con i vostri pensieri, e di fondo, questa canzone...
Miro para adelante. Siempre para adelante y con los ojos clavados en el horizonte. Se humedecen. Es el viento. Las siluetas de los barcos, pequeñísimas y borrosas, se recortan contra el atardecer naranja. El aire huele a sal. Hace un poco de frío, pero no me importa. Sentada en el muelle, me dedico a contemplar el momento en que el mar se come al sol. Es la única ocasión en la que estoy verdaderamente sola, porque de hecho no estoy ni conmigo misma. Sólo está esa línea inexistente, a lo lejos, que divide el cielo de la tierra. Lo que está aquí, de lo que está allá, los comienzos de los finales. Y pienso y repienso que todo debería ser tan claro e imperturbable como esta escena.
Llegó el momento de escribir la teoría que desarrollamos con mis amigos hace ya más de un año. Contexto: Pizzería, día del amigo, año 2008. Sale el chico que hace las entregas a domicilio, con un par de cajas de pizzas envueltas en una frazada. Aquí comienza nuestra reflexión. Atención: Lo siguiente es una recreación aproximada, conformada por los recuerdos de los testigos. Los nombres de los implicados fueron alterados para proteger sus identidades.
May: Che, miren, abrigó a las pizzas. Nasho: Claro, para que no se enfríen en el viaje. Alé: O no... Capaz es para abrigar al resto, o sea, a lo que no es pizza... Al ~pizza. May: Al complemento de las pizzas digamos. O sea: Universo menos pizzas. * Miradas cómplices. Esperando la objeción de Nasho. * Nasho: Pero también podríamos afirmar que la pizza le da su calor a la frazada. Alé: Exactamente. May: O sea que en el vacío, no cumplirían su función ninguna de las dos. Alé: Es verdad. Y no, es que nada abriga una pizza en el vacío.
Lejos, una de las mejores conclusiones a las que hemos llegado. Vamos a detenernos a observar la dicotomía rimbombante de esta frase:
Nada abriga una pizza en el vacío, puede leerse como: "Una pizza en el vacío a nadie abriga", pero también como "Nadie abriga a una pizza en el vacío".
¡Ja!
NOTA: Nuestra pizza era de muza. Tomábamos Pepsi. No había Coca.
- No hay nada para comer. - Hacé tostadas. - No llego a tiempo. - Comé torta. - Bueno... ¿Querés algo vos? - No, me da gases. - ¿Qué cosa, la torta o las tostadas? - La torta. - Bueno, tostadas entonces hacete. - No, me dan gases.