jueves, 20 de agosto de 2009

Firmamento y quietud

Miro para adelante. Siempre para adelante y con los ojos clavados en el horizonte. Se humedecen. Es el viento.
Las siluetas de los barcos, pequeñísimas y borrosas, se recortan contra el atardecer naranja.
El aire huele a sal.
Hace un poco de frío, pero no me importa.
Sentada en el muelle, me dedico a contemplar el momento en que el mar se come al sol.
Es la única ocasión en la que estoy verdaderamente sola, porque de hecho no estoy ni conmigo misma.
Sólo está esa línea inexistente, a lo lejos, que divide el cielo de la tierra. Lo que está aquí, de lo que está allá, los comienzos de los finales.
Y pienso y repienso que todo debería ser tan claro e imperturbable como esta escena.

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