(Esto viene de una charla conmigo misma en el shout box)
- Cada día te ponés más cursi, aún cuando estás pa' trás negra eh.
- Sí, la verdad que sí.
- Che, ¿y por qué no ponés foto acá?
- Y, porque es un blog, no un flog. Si fuera un flog pondría foto, pero ¿para qué quiero atraer buitres a mi campito de lavanda?
- No sé, ¿no te divertís a veces con las cosas que te dicen?
- No, me rompen las bolas, sólo eso. Algunos se dan por vencidos fácil, y ni siquiera tengo que desadmitirlos. Otros son más insistentes.
- Al menos te mantienen el ego alto.
- Ni siquiera eso, si lo hacen con todas por igual, da lo mismo qué te digan, ya sabés que es la misma frasecita que se saben de memoria.
- Me olvidaba que hablo con la señorita no-especial.
- Es la verdad, soy una más. Nada de "única", nada de "diferente a las demás". Hay miles parecidas a mí. No busco nada raro, no pienso nada raro. A las minas les gusta sentirse especiales y se deprimen cuando se dan cuenta de que no lo son.
- Sí, siempre les gusta sobresalir, pensar en sus adentros que tiene algo que la hace irrepetible. Y toda esa sarta de pelotudeces.
- Claro. Yo no. Sé que soy común, que hay cientos de otras como yo, con la misma personalidad, los mismos arranques, miedos y obsesiones.
- ¿Y no te desanima eso? ¿Saber que sos una más de la bolsa?
- Quizá en otro momento sí. Esos años en los que querés diferenciarte, querés buscar tu propio ser, tu propia manera de estar en el mundo.
- O sea que vos ya la encontraste.
- No, ando flotando por ahí. Tampoco me importa demasiado.
- Ja, ahora te las das de bohemia.
- Para nada, ni siquiera sé bien lo que significa. ¿En qué estábamos?
- En que odiás los fotologs.
- Ah, sí, cierto.
- Che, ¿salís hoy?
- ¿Qué pregunta es ésa? Sabés que nunca tengo con quién. Y que me da frío en estas épocas.
- Quería ver si variabas la respuesta. Agarrarte desprevenida, ver cómo respondés bajo presión, o algo así.
- ¿Eh? ¿Qué bicho te picó?
- No sé, una abeja capaz, soy alérgica a ellas.
- Mentira.
- No, ¡es cierto! Yo no miento.
- Yo tampoco.
- Mentirte a vos misma cuenta como mentir, ¿sabías?
- No, no cuenta. Es como decirle a tu sobrino que Papá Noel le dejó un regalito en tu casa.
- Cierto que vos ponías las reglas acá.
- Me caés bien piba, me gusta cuando me das la razón.
- Te gusta que te den la razón, pero pocas veces la concedés vos.
- Exacto. Ésta es una de esas pocas veces, pero como te doy la razón a vos, que soy yo, ¡no cuenta!
- Claro que sí.
- Claro que no.
- Que sí.
- Que no.
- Basta, mi cerebro se pliega sobre sí mismo y me llamo recursivamente infinitas veces, pará la moto piba.
- Ok, pero sólo porque me caés bien y porque no me pediste foto.
sábado, 31 de mayo de 2008
El azul destiñe con los lavados

¿Por qué es tan jodidamente difícil enamorarse?
¿Por qué ese miedo?
¿Por qué esas vueltas?
¿Por qué no decidirse e ir a buscar que las cosas pasen?
¿Por qué callarse siempre?
Toy enojá, harta, cansada de esperar, de tratar, de entender
Todo me lleva a pensar que el príncipe azul NO EXISTE.
El azul marino se va a pasear plácidamente en su corcel, se cuelga y vuelve cuando se le antoja.
O si no, anda arrastrándose detrás del vestido de la doncella, cual sirviente hambriento reclamando un poco de atención.
El celeste se queda en casa, con las patitas arriba de la silla, mirando tele, cómodo y tranquilo, esperando quién sabe qué cosa, un milagro, un par de ojos mirándolo fijo a dos centímetros o una señal del Universo, del Winamp o de un maldito reloj mágico.
¿Conclusión? Simple: No existe tal cosa. Y si existe, es gay, es tu ex, es casado o es tu amigo.
En una de ésas, tiene que ver con: Porque a mí me gusta analizar TODO, Reflexiones
Consejos para ir al baño en otra casa

Ok, ok, convengamos que todo depende de la confianza que tengas con el dueño de la casa, pero, en términos generales podríamos listar una serie de consejos sobre qué hacer y qué no hacer si entrás a su baño:
1. Si sos mujer y estás en "esos días", corroborá que haya tarrito. Consecuencias desastrosas en otro caso.
2. Comprobá que haya papel higiénico antes de hacer nada. ¿Hace falta explicar?
3. Si te cayó mal algo, fijate que haya desodorante de ambiente o algo que "eche olor lindo". Hay que ser considerados con el siguiente que entre.
4. Por el amor de Dios, esto es muy importante así que prestá atención: Verificá que ande "la cadena", "el botón" o lo que sea que haya en ese inodoro. Feas perspectivas si te das cuenta que no anda demasiado tarde...
5. Por las dudas, si hay niños en ese hogar, corré la cortina de la ducha, no sea cosa que estén jugando a las escondidas y haya un expectador ocasional de tu visita al baño, y que encima empiece a gritar, y vos a la par cuando te percates de su presencia.
6. Antes de agarrar el jabón, mirá bien si no tiene pelos sospechosos. Después no digas que no te avisé.
7. Ojo con las canillas rotas, no abras una si no estás seguro de sus condiciones, porque no queremos que causes una pequeña inundación en el cuarto de baño.
8. Cerrá bien la puerta. Nunca está de más ser precavidos, ¿no?
9. Nada de abrir la canilla ni bien entrás, que hay que ahorrar en el consumo del agua potable y además de afuera se escucha todo igual.
10. Si sos hombre, ¡levantá la maldita tapa y la recontrap... que te parió! Y vale apuntar, además.
Bueno amigos, esto fue todo. Es todo un arte. Pongan en práctica estos consejillos si quieren comenzar a ser personas civilizadas.
En una de ésas, tiene que ver con: A alguien le podría servir ¿no?, Humor, Reflexiones, Si Mai lo dice hacele caso
jueves, 29 de mayo de 2008
Otoño
Cuando el otoño ya no duela, cuando las sensaciones se congelen, cuando el frío termine de matar las palabras que quieren escaparse. Cuando el miedo deje de vendar los ojos y atar las manos. Cuando la puerta se termine de cerrar, cuando tire la llave, cuando baje la persiana.Cuando ya no me muerda el labio, indecisa y culposa. Cuando ya no dé vueltas.
Va a ser tarde, ¿o va a ser precisamente el momento justo?
No.
Seguro va a pasar de largo. Se va a encargar de camuflarse, y va a pasar caminando en puntas de pie sin que me percate de él.
Tiene pensada una maniobra infalible de distracción.
Ahhh sí, lo tiene todo planeado.
¿Quién? Él: el momento... Junto con el tiempo (su jefe) y la oportunidad (la peor de todas). Flor de turros esos tres.
Voy a estar mirando para otro lado o quizá para adentro, y no voy a ver cómo se escapan.
Casi me van a rozar pero no me voy a dar cuenta.
Nunca.
Y al final, algún día, voy a tener esa sensación de que me perdí de algo. O quizá ya la tengo.
Isn't something missing?
Voy a subir esa escalera, sola. Mis pasos van a hacer eco y mi aliento un poco de vapor en el frío de esa tarde otoñal.Todo queda atrás, los buenos momentos, las risas, los amigos, las soledades.
Todo lo que alguna vez fue, en algún momento pierde sentido, "como notas discordantes en una canción conocida".
Ya no pertenezco a ningún lado. Mi ausencia no se notará, porque hace tiempo que no estoy.
Losing hope is easy, when your only friend is gone and every time you look around, well, it all, it all seems to change
En una de ésas, tiene que ver con: Cuentos o algo así, Sólo para entendidos
viernes, 23 de mayo de 2008
Nos veremos otra vez
Escuché otra vez esta canción (Nos veremos otra vez, por Serú Girán), después de muchos años, y en pocos segundos se convirtió en la cortina de fondo de mi hoy.
Se me hace un nudo en la garganta y se me vienen miles de imágenes y no puedo seguir...
Aunque te abraces a la luna
Aunque te acuestes con el sol
No hay más estrellas que las que dejes brillar
Tendrá el cielo tu color.
No estés solo en esta lluvia
No te entregues, por favor
Si debes ser fuerte en estos tiempos
Para resistir la decepción
Y quedar abierto mente y alma
Yo estoy con vos.
Si te hace falta quien te trate con amor
Si no tenés a quién brindar tu corazón
Si todo vuelve cuando más lo precisás
Nos veremos otra vez.
No estés sola en esta lluvia
No te entregues, por favor
Si debes ser fuerte en estos tiempos
Para resistir la decepción
Y quedar abierta mente y alma
Yo estoy con vos.
Si te hace falta quien te trate con amor
Si no tenés a quién brindar tu corazón
Si todo vuelve cuando más lo precisás
Nos veremos otra vez.
Se me hace un nudo en la garganta y se me vienen miles de imágenes y no puedo seguir...
Aunque te abraces a la luna
Aunque te acuestes con el sol
No hay más estrellas que las que dejes brillar
Tendrá el cielo tu color.
No estés solo en esta lluvia
No te entregues, por favor
Si debes ser fuerte en estos tiempos
Para resistir la decepción
Y quedar abierto mente y alma
Yo estoy con vos.
Si te hace falta quien te trate con amor
Si no tenés a quién brindar tu corazón
Si todo vuelve cuando más lo precisás
Nos veremos otra vez.
No estés sola en esta lluvia
No te entregues, por favor
Si debes ser fuerte en estos tiempos
Para resistir la decepción
Y quedar abierta mente y alma
Yo estoy con vos.
Si te hace falta quien te trate con amor
Si no tenés a quién brindar tu corazón
Si todo vuelve cuando más lo precisás
Nos veremos otra vez.
jueves, 22 de mayo de 2008
Me fui de mí
Hoy sólo puedo escribir.
No quiero soltar una lágrima porque si empiezo a llorar, podría hacerlo hasta que se me secaran los ojos.
Estoy desfragmentada. Los pedazos de mi alma fueron desgarrados por mí misma, yo me lo hice.
Cada día se reúnen, los trocitos se agrupan como en un rompecabezas, y parece que todo vuelve a la normalidad, pero llega la noche y se vuelven a deshacer, a alejar los unos de los otros.
Es un juego que va a terminar destruyéndome un buen día.
Ya ni me reconozco.
Esta noche, en MSN no estoy para nadie.
Esta noche, nada de vidas ficticias en Popomundo.
Esta noche, sentí el impulso irrefrenable de escribir.
Nada de narrar la segunda parte de "La escalera". Nada de inventarme historietas para evitar hablar de mí misma acá.
Hoy sólo necesito sacarme estas sensaciones de adentro, en forma de palabras. Aunque no las pueda decir en voz alta. Aunque no tenga nadie con quien hablarlo. Aunque nadie lea esto. Aunque nadie me entienda.
Hoy venía en el auto, centrada en mis tribulaciones diarias, ya casi convertidas en rutina fija, cuando al llegar a la avenida, vi lo que parecían las consencuencias de un choque.
Autos, gente preocupada, la policía desviando el tránsito, y algo tirado en el suelo.
El sólo pensar que puedo haber tenido a la muerte en frente de mí me hizo sentirme a la vez, culpable y avergonzada de mis temores infantiles, de mi estrés universitario, de mis problemas amorosos de novelita.
El pensar que ese bulto en el piso podría haber sido alguien a quien amo, o incluso yo, borró por un rato toda preocupación de mi mente.
Pero luego, como pasa siempre (en especial después de ver documentales en la tele de gente que la pasa diez mil veces peor que uno), esas imágenes se enfrían y vuelven las que soporto todos los días.
Me persiguen, doblan la esquina conmigo, hasta se suben al colectivo. Me recorren entera. Son como una película que se proyecta una y otra vez en mi cabeza.
Sé que hay cosas peores, sé que lo mío es casi imperceptible (tanto que sólo las personas con las que he hablado del tema pueden llegar a sospechar algo).
Siempre supe disimular, disfrazar bien las depresiones, hacerlas pasar por nervios del tipo "se me vienen los parciales y estoy pintada".
Nunca fui una amiga ejemplar, tengo miles de defectos, pero algo que siempre me dicen, es que mi don es escuchar.
Y yo escucho, y escucho, y escucho. Analizo, animo, comprendo, doy consejos, y veo cómo los demás resuelven sus cosas. Y me alegro con ellos y por ellos. Y festejo sus triunfos. Y hasta vivo a través de ellos.
Pero a veces quiero hablar yo, de lo que me pasa, de lo que siento...
Algunas personas me dan pie para eso, y aunque nunca se los diga, me siento muy afortunada de tener gente así a mi alrededor y los aprecio más de lo que piensan.
Pero, cuando empiezo a largar todo, enseguida me siento una carga, y dejo de hacerlo.
Si me preguntan, tengo frases preparadas en mi repertorio: "Después hablamos, ahora estoy haciendo algo de la facu", "acá ando, aburrida, ¿vos?", o "sí, todo va mejorando de a poco"...
Llega un momento donde digo STOP. Basta para mí, no juego más. Me quiero bajar pero la calesita sigue dando vueltas conmigo arriba. Y veo pasar todo a mi alrededor, gente que ríe, gente que se relaja, que pasea.
Y yo sigo anclada al mismo lugar, viendo cómo la vida misma pasa ante mis narices y me deja atrás.
Siempre es así, siempre es igual.
Me siento fatal.
Realmente fatal.
No un poquito, no un transitorio cambio de humor.
Me siento fatal, fatal, fatal. Lisa y llanamente mal.
Y al carajo con los buenos modales, las frases bonitas y toda esa patraña de historias cuidadosamente elaboradas, melosas y sin sentido que inundaron mi blog.
Así soy yo, así estoy yo ahora.
Estoy en lo más profundo de mi desastre.
Nunca más enredada, nunca más lejos de la salida.
Es el corazón del laberinto, y ni siquiera estoy buscando los caminos hacia afuera. Supongo que me senté contra el seto y me puse a mirar el cielo, y me perdí.
No sé si quiero que me encuentren. No sé quién quiero que me encuentre. No sé si quiero salir.
Sólo quiero que se aligere el peso. Poder de alguna manera liberar, alivianar esta cruz.
Hecha de tantas cosas... Miedos, estrés, preocupaciones, culpas, prejuicios, olvidios, vergüenzas, soledad...
Sobre todo soledad.
No soledad de estar solo. No soledad de sentirse solo.
Soledad de sentirse acompañado, de saber que hay gente alrededor dispuesta a ayudar, pero sin embargo, sentirse solo de todos modos.
Soledad de ver una barrera entre uno y los demás. De no saber cómo llegó ahí. De querer que no exista.
Soledad de querer ser uno más y a la vez sentirse seguro en ese refugio personal a prueba de suicidas que se quieran acercar.
Estoy en mi rincón de siempre, pero esta vez es más oscuro que nunca.
Mierda.
Esa puta sensación otra vez. Quiero gritar BASTA.
Quiero preocuparme por cosas como "¿salís hoy?", "¿qué te vas a poner?", "¿nos tomarán el práctico 7 en el parcial?".
Y no puedo. Por qué seré tan complicada, ¡Dios!. Por qué dejé entrar en mi vida toda esa cosa de las dudas existenciales, la metafísica y esa sarta de pelotudeces que te terminan haciendo un ñoño con tendencia a la depresión.
Maldito síndrome de Lisa Simpson. Verdaderamente estúpido. Quiero ser un Bart cualquiera.
Si tan sólo pudiera identificar qué es lo que me lastima...
Pero son tantas cosas mezcladas y acumuladas en todos estos años, que ya no sé qué es qué, quién fui, quién dejé de ser y quién está ahora adentro de mí.
Es muy duro ver durante todo el día que hay alguien que se despierta en tu cama, toma tu desayuno habitual, cursa tus materias, besa a tu pareja, ve tu programa favorito y mima a tu gato. Es muy raro y loco al mismo tiempo, sentirse tan afuera de esa persona, que se llama como vos y se sienta en tu lugar de la mesa.
Lo sé porque es lo que me pasa. No sé en qué momento sucedió. No sé si esa yo ocupó mi lugar, o si yo la abandoné, dejándola sola.
Creo que me fui de mí. Quizá por eso me siento sola, porque me abandoné hace tiempo.
No quiero soltar una lágrima porque si empiezo a llorar, podría hacerlo hasta que se me secaran los ojos.
Estoy desfragmentada. Los pedazos de mi alma fueron desgarrados por mí misma, yo me lo hice.
Cada día se reúnen, los trocitos se agrupan como en un rompecabezas, y parece que todo vuelve a la normalidad, pero llega la noche y se vuelven a deshacer, a alejar los unos de los otros.
Es un juego que va a terminar destruyéndome un buen día.
Ya ni me reconozco.
Esta noche, en MSN no estoy para nadie.
Esta noche, nada de vidas ficticias en Popomundo.
Esta noche, sentí el impulso irrefrenable de escribir.
Nada de narrar la segunda parte de "La escalera". Nada de inventarme historietas para evitar hablar de mí misma acá.
Hoy sólo necesito sacarme estas sensaciones de adentro, en forma de palabras. Aunque no las pueda decir en voz alta. Aunque no tenga nadie con quien hablarlo. Aunque nadie lea esto. Aunque nadie me entienda.
Hoy venía en el auto, centrada en mis tribulaciones diarias, ya casi convertidas en rutina fija, cuando al llegar a la avenida, vi lo que parecían las consencuencias de un choque.
Autos, gente preocupada, la policía desviando el tránsito, y algo tirado en el suelo.
El sólo pensar que puedo haber tenido a la muerte en frente de mí me hizo sentirme a la vez, culpable y avergonzada de mis temores infantiles, de mi estrés universitario, de mis problemas amorosos de novelita.
El pensar que ese bulto en el piso podría haber sido alguien a quien amo, o incluso yo, borró por un rato toda preocupación de mi mente.
Pero luego, como pasa siempre (en especial después de ver documentales en la tele de gente que la pasa diez mil veces peor que uno), esas imágenes se enfrían y vuelven las que soporto todos los días.
Me persiguen, doblan la esquina conmigo, hasta se suben al colectivo. Me recorren entera. Son como una película que se proyecta una y otra vez en mi cabeza.
Sé que hay cosas peores, sé que lo mío es casi imperceptible (tanto que sólo las personas con las que he hablado del tema pueden llegar a sospechar algo).
Siempre supe disimular, disfrazar bien las depresiones, hacerlas pasar por nervios del tipo "se me vienen los parciales y estoy pintada".
Nunca fui una amiga ejemplar, tengo miles de defectos, pero algo que siempre me dicen, es que mi don es escuchar.
Y yo escucho, y escucho, y escucho. Analizo, animo, comprendo, doy consejos, y veo cómo los demás resuelven sus cosas. Y me alegro con ellos y por ellos. Y festejo sus triunfos. Y hasta vivo a través de ellos.
Pero a veces quiero hablar yo, de lo que me pasa, de lo que siento...
Algunas personas me dan pie para eso, y aunque nunca se los diga, me siento muy afortunada de tener gente así a mi alrededor y los aprecio más de lo que piensan.
Pero, cuando empiezo a largar todo, enseguida me siento una carga, y dejo de hacerlo.
Si me preguntan, tengo frases preparadas en mi repertorio: "Después hablamos, ahora estoy haciendo algo de la facu", "acá ando, aburrida, ¿vos?", o "sí, todo va mejorando de a poco"...
Llega un momento donde digo STOP. Basta para mí, no juego más. Me quiero bajar pero la calesita sigue dando vueltas conmigo arriba. Y veo pasar todo a mi alrededor, gente que ríe, gente que se relaja, que pasea.
Y yo sigo anclada al mismo lugar, viendo cómo la vida misma pasa ante mis narices y me deja atrás.
Siempre es así, siempre es igual.
Me siento fatal.
Realmente fatal.
No un poquito, no un transitorio cambio de humor.
Me siento fatal, fatal, fatal. Lisa y llanamente mal.
Y al carajo con los buenos modales, las frases bonitas y toda esa patraña de historias cuidadosamente elaboradas, melosas y sin sentido que inundaron mi blog.
Así soy yo, así estoy yo ahora.
Estoy en lo más profundo de mi desastre.
Nunca más enredada, nunca más lejos de la salida.
Es el corazón del laberinto, y ni siquiera estoy buscando los caminos hacia afuera. Supongo que me senté contra el seto y me puse a mirar el cielo, y me perdí.
No sé si quiero que me encuentren. No sé quién quiero que me encuentre. No sé si quiero salir.
Sólo quiero que se aligere el peso. Poder de alguna manera liberar, alivianar esta cruz.
Hecha de tantas cosas... Miedos, estrés, preocupaciones, culpas, prejuicios, olvidios, vergüenzas, soledad...
Sobre todo soledad.
No soledad de estar solo. No soledad de sentirse solo.
Soledad de sentirse acompañado, de saber que hay gente alrededor dispuesta a ayudar, pero sin embargo, sentirse solo de todos modos.
Soledad de ver una barrera entre uno y los demás. De no saber cómo llegó ahí. De querer que no exista.
Soledad de querer ser uno más y a la vez sentirse seguro en ese refugio personal a prueba de suicidas que se quieran acercar.
Estoy en mi rincón de siempre, pero esta vez es más oscuro que nunca.
Mierda.
Esa puta sensación otra vez. Quiero gritar BASTA.
Quiero preocuparme por cosas como "¿salís hoy?", "¿qué te vas a poner?", "¿nos tomarán el práctico 7 en el parcial?".
Y no puedo. Por qué seré tan complicada, ¡Dios!. Por qué dejé entrar en mi vida toda esa cosa de las dudas existenciales, la metafísica y esa sarta de pelotudeces que te terminan haciendo un ñoño con tendencia a la depresión.
Maldito síndrome de Lisa Simpson. Verdaderamente estúpido. Quiero ser un Bart cualquiera.
Si tan sólo pudiera identificar qué es lo que me lastima...
Pero son tantas cosas mezcladas y acumuladas en todos estos años, que ya no sé qué es qué, quién fui, quién dejé de ser y quién está ahora adentro de mí.
Es muy duro ver durante todo el día que hay alguien que se despierta en tu cama, toma tu desayuno habitual, cursa tus materias, besa a tu pareja, ve tu programa favorito y mima a tu gato. Es muy raro y loco al mismo tiempo, sentirse tan afuera de esa persona, que se llama como vos y se sienta en tu lugar de la mesa.
Lo sé porque es lo que me pasa. No sé en qué momento sucedió. No sé si esa yo ocupó mi lugar, o si yo la abandoné, dejándola sola.
Creo que me fui de mí. Quizá por eso me siento sola, porque me abandoné hace tiempo.
En una de ésas, tiene que ver con: Reflexiones, Sólo para entendidos
lunes, 19 de mayo de 2008
La escalera - Parte I
La ventisca queda afuera, y entro yo, haciendo mucho ruido porque la puerta cruje hace años.
Cambio el frío invernal por el cálido recibimiento del edificio donde vivo. Tirito un poco.
Mis tacos hacen ruido en el vacío vestíbulo.
Me acomodo un poco el pelo al pasar frente al espejo y me observo con aire abatido, como sea que lo intente, nunca voy a estar arreglada.
Soy como una criatura salvaje a la que domesticaron un poco, le enseñaron a caminar sobre dos patas, comer con cubiertos y que ahora usa Channel, zapatos y un lindo trajecito combinado.
Ni miro el ascensor. Sigo hasta la escalera. Tengo fobia a los ascensores, hasta sueño con ellos. Aunque más con escaleras a las que le faltan tramos enteros. No sé por qué y no me interesa, pero agradezco vivir en el primer piso.
Prendo la luz del descanso. Siempre me pregunté por qué la lucecita de la perilla es roja, ¿por qué de un color tan feo?
Paso por la puerta del A. El viejo volvió a perder a su tortuga y la llama a gritos. Nunca supe de una tortuga que responda a su nombre, la verdad... Río para mis adentros.
Los del B peleando, otra vez.
Nunca supe quién vive en el C. A veces se escucha un piano. Tampoco es que me interese demasiado.
Bueno. Confieso que una vez me acerqué a escuchar y ver si podía captar una palabra.
Ok. También toqué el timbre (preparando mi mejor vocecita de: "hola, soy la vecina, necesitaba un poco de azúcar"), miré por la cerradura, fingí doblarme el tobillo frente a su puerta, y hasta hablé a los gritos por celular a la hora de la siesta.
Y nada. La única que salió a mirar la anciana poco amigable del D, ésa que se queja de mis tacos y de mi gato.
Paso por el C, controlando el impulso de quedarme escuchando un poco (lo malo de usar zapatos, además de lo incómodos que son, es que no puedo hacer como que estoy atándome los cordones).
- Hum... Siempre con esos tacos vos eh.
- Hola Carmen, siempre tan atenta usted - Sonrisa falsa.
El E. Por fin. La llave encuentra la cerradura y la puerta se abre.
Tiro el llavero sobre la mesita que está en la entrada con el único objetivo de poder hacer eso.
Un zapato afuera, otro zapato afuera y a tirarse en el sillón.
Suspiro.
Me suelto el pelo, deseando que se invente el vaso de Coca-Cola autoservible y autollevable. El cansancio le gana a la sed.
Mi gato ya no es capaz de venir a saludar, se queda durmiendo en su almohadón y apenas abre un ojo.
- Qué, ¿intentás caerle bien a Carmencita vos?
Me mira como ofendido.
Y entonces, la música.
El piano ese otra vez...
Cambio el frío invernal por el cálido recibimiento del edificio donde vivo. Tirito un poco.
Mis tacos hacen ruido en el vacío vestíbulo.
Me acomodo un poco el pelo al pasar frente al espejo y me observo con aire abatido, como sea que lo intente, nunca voy a estar arreglada.
Soy como una criatura salvaje a la que domesticaron un poco, le enseñaron a caminar sobre dos patas, comer con cubiertos y que ahora usa Channel, zapatos y un lindo trajecito combinado.
Ni miro el ascensor. Sigo hasta la escalera. Tengo fobia a los ascensores, hasta sueño con ellos. Aunque más con escaleras a las que le faltan tramos enteros. No sé por qué y no me interesa, pero agradezco vivir en el primer piso.
Prendo la luz del descanso. Siempre me pregunté por qué la lucecita de la perilla es roja, ¿por qué de un color tan feo?
Paso por la puerta del A. El viejo volvió a perder a su tortuga y la llama a gritos. Nunca supe de una tortuga que responda a su nombre, la verdad... Río para mis adentros.
Los del B peleando, otra vez.
Nunca supe quién vive en el C. A veces se escucha un piano. Tampoco es que me interese demasiado.
Bueno. Confieso que una vez me acerqué a escuchar y ver si podía captar una palabra.
Ok. También toqué el timbre (preparando mi mejor vocecita de: "hola, soy la vecina, necesitaba un poco de azúcar"), miré por la cerradura, fingí doblarme el tobillo frente a su puerta, y hasta hablé a los gritos por celular a la hora de la siesta.
Y nada. La única que salió a mirar la anciana poco amigable del D, ésa que se queja de mis tacos y de mi gato.
Paso por el C, controlando el impulso de quedarme escuchando un poco (lo malo de usar zapatos, además de lo incómodos que son, es que no puedo hacer como que estoy atándome los cordones).
- Hum... Siempre con esos tacos vos eh.
- Hola Carmen, siempre tan atenta usted - Sonrisa falsa.
El E. Por fin. La llave encuentra la cerradura y la puerta se abre.
Tiro el llavero sobre la mesita que está en la entrada con el único objetivo de poder hacer eso.
Un zapato afuera, otro zapato afuera y a tirarse en el sillón.
Suspiro.
Me suelto el pelo, deseando que se invente el vaso de Coca-Cola autoservible y autollevable. El cansancio le gana a la sed.
Mi gato ya no es capaz de venir a saludar, se queda durmiendo en su almohadón y apenas abre un ojo.
- Qué, ¿intentás caerle bien a Carmencita vos?
Me mira como ofendido.
Y entonces, la música.
El piano ese otra vez...
sábado, 3 de mayo de 2008
Que no es demasiado tarde.
Música de fondo
(abrir en otra pestaña para poder leer jeje)
Que todavía hay tiempo.
Que todavía se puede.
Que todavía vale la pena.
Que todavía hay alguien que te piensa en algún momento del día, mientras ordena su cuarto, mientras camina por la calle, o al irse a dormir.
Que todavía quedan intentos.
Que todavía podés dejar que te maten y empezar el nivel de nuevo porque no es tu última vida.
Que podés darte la cabeza contra la pared un par de veces más antes de que se rompa... la pared.
Que aún quedan cosas por decir, y que tenés que animarte a decirlas.
Que de miedos y arrepentimientos está lleno el mundo.
Que hace falta coraje.
Que sobran razones por las cuales eso no va a funcionar, pero encontrar al menos un buen motivo que te demuestre lo contrario, te puede cambiar la perspectiva de las cosas.
Que elegimos el camino también al fin del trayecto.
Que si no nos gusta cómo avanza todo, podemos desandar lo caminado y tomar otro rumbo.
Todo lo que vale la pena asusta... Pero, qué haríamos sin el miedo...
(abrir en otra pestaña para poder leer jeje)
Que todavía hay tiempo.
Que todavía se puede.
Que todavía vale la pena.
Que todavía hay alguien que te piensa en algún momento del día, mientras ordena su cuarto, mientras camina por la calle, o al irse a dormir.
Que todavía quedan intentos.
Que todavía podés dejar que te maten y empezar el nivel de nuevo porque no es tu última vida.
Que podés darte la cabeza contra la pared un par de veces más antes de que se rompa... la pared.Que aún quedan cosas por decir, y que tenés que animarte a decirlas.
Que de miedos y arrepentimientos está lleno el mundo.
Que hace falta coraje.
Que sobran razones por las cuales eso no va a funcionar, pero encontrar al menos un buen motivo que te demuestre lo contrario, te puede cambiar la perspectiva de las cosas.
Que elegimos el camino también al fin del trayecto.
Que si no nos gusta cómo avanza todo, podemos desandar lo caminado y tomar otro rumbo.
Todo lo que vale la pena asusta... Pero, qué haríamos sin el miedo...
viernes, 2 de mayo de 2008
Amar lo imposible
(...)
Y otra vez la adrenalina.
Qué torturantemente bien se siente.
Saber que nunca pero nunca será. Que no tiene pies ni cabeza.
Que es imposible.
Cómo amamos lo imposible.
Nos hace sentir desdichados, condenados, infelices.
Sin embargo adoramos esa idea.
Nos desafiamos con cosas que nunca van a ser más reales de lo que lo son en nuestras mentes.
Ni siquiera nos animamos a admitirlo, como si decirlo zanjara la cuestión de su existencia.
Morirse de ganas. Contenerse. Jugar al gato y al ratón. Manejar las indirectas como títeres. Negar todo. Estar a punto de hacer una locura. Entrar en razón. Reírse. Avergonzarse.
Lucha interna entre lo que debemos sentir y lo que quiere ser sentido y grita por ser escuchado.
¿Y a dónde nos lleva? A ningún lado, o al fin.
Quién sabe.
Y otra vez la adrenalina.
Qué torturantemente bien se siente.
Saber que nunca pero nunca será. Que no tiene pies ni cabeza.
Que es imposible.
Cómo amamos lo imposible.
Nos hace sentir desdichados, condenados, infelices.
Sin embargo adoramos esa idea.
Nos desafiamos con cosas que nunca van a ser más reales de lo que lo son en nuestras mentes.
Ni siquiera nos animamos a admitirlo, como si decirlo zanjara la cuestión de su existencia.
Morirse de ganas. Contenerse. Jugar al gato y al ratón. Manejar las indirectas como títeres. Negar todo. Estar a punto de hacer una locura. Entrar en razón. Reírse. Avergonzarse.
Lucha interna entre lo que debemos sentir y lo que quiere ser sentido y grita por ser escuchado.
¿Y a dónde nos lleva? A ningún lado, o al fin.
Quién sabe.
Imposibles
¿Qué pasa?
De repente me encuentro perdida. Me sorprendo y me odio.
(...)
¿Qué está pasando? ¿De dónde sale esto? ¿Desde cuándo?
Tengo que frenarlo.
Esto no puede avanzar.
Pero si me lo propongo, más inevitable se hace.
Imposible. Inalcanzable. Inaudito.
Sí, sin dudas eso es.
Es imposible, con todas y cada una de las letras que forman esa palabra. Necesito decirlo en voz alta para que se haga real.
Inalcanzable, porque además de no poder ser, está mucho más lejos de lo que puedo aspirar.
¿O no?
No, no, basta, no te confundas nena, es inalcanzable.
Al menos hoy...
No. No te engañes, es inalcanzable para siempre.
Cierto. E inaudito. ¡Qué dirían si lo supieran!
¿Lo sabe alguien?
Probablemente no.
¿Alguien se imagina?
No, pues seguramente que no... Ojalá que no...
¿Seguro?
Deseo que no se lo imagine nadie...
Salvo que... Nada, no me hagas caso.
Como digas. Nunca te entendí.
Yo tampoco, ¿cómo querés que te entienda? Sos la parte irracional de esta esquizofrenia, es evidente y necesario que no te entienda.
Porque no querés...
Claro que no quiero.
Porque tenés miedo.
¡Ja! ¿Miedo decís? ¿Miedo de qué?
De darte cuenta.
¿De qué?
De que soy la que te dice lo que en realidad pensás. No esas tontas ideas moralistas que tenés aprendidas de memoria.
¿Y qué si me da miedo? ¿No tengo derecho acaso?
Claro que sí, nena, de lo que no tenés derecho, es de traicionarte.
¿Vos creés que me estoy traicionando?
No importa lo que yo piense, importa lo que vos pensás.
¿No dijiste que vos me decís qué debo pensar?
Veo que no has entendido nada.
Puede que no quiera entender.
Es verdad, y también puede que te odies hoy por los lugares a donde va tu mente cuando te colgás, pero más te vas a odiar dentro de mucho tiempo cuando te des cuenta de que se vive de los hechos y no de las fantasías.
No sé qué contestar a eso.
Parece que vamos llegando al punto, y que finalmente, nos estamos entendiendo.
No, cada vez te entiendo menos, cada vez me entiendo menos. Ya no sé qué quiero hacer. Ya no sé dónde, ni cuándo ni con quién quiero estar.
¿Segura?
No, no estoy segura de nada. Sólo tengo un presentimiento y no quiero que ésa sea mi brújula. Quiero algo real. Y tengo miedo de que se vuelva real. Tengo miedo de que pase del pensamiento a la palabra, y de la palabra a tenerlo en frente de mí. Le tengo más miedo a la palabra. Creo que no podría resistirlo.
Negarías todo... Bueno, depende de quién te lo preguntara, claro.
Adivinaste. Podríamos decir que sí, negaría todo y huiría, porque es imposible...
Parece que de eso sí estás segura.
Sí... Y extrañamente me decepciona.
Ya sé que dirás ahora... Balbucearás algo sobre los momentos más inoportunos...
No me lo eches en cara, sabés que soy así, y que me odio por admitirlo.
Vivís de las emociones vos eh, no podés resistirte ante un poco de adrenalina.
De repente me encuentro perdida. Me sorprendo y me odio.
(...)
¿Qué está pasando? ¿De dónde sale esto? ¿Desde cuándo?
Tengo que frenarlo.
Esto no puede avanzar.
Pero si me lo propongo, más inevitable se hace.
Imposible. Inalcanzable. Inaudito.
Sí, sin dudas eso es.
Es imposible, con todas y cada una de las letras que forman esa palabra. Necesito decirlo en voz alta para que se haga real.
Inalcanzable, porque además de no poder ser, está mucho más lejos de lo que puedo aspirar.
¿O no?
No, no, basta, no te confundas nena, es inalcanzable.
Al menos hoy...
No. No te engañes, es inalcanzable para siempre.
Cierto. E inaudito. ¡Qué dirían si lo supieran!
¿Lo sabe alguien?
Probablemente no.
¿Alguien se imagina?
No, pues seguramente que no... Ojalá que no...
¿Seguro?
Deseo que no se lo imagine nadie...
Salvo que... Nada, no me hagas caso.
Como digas. Nunca te entendí.
Yo tampoco, ¿cómo querés que te entienda? Sos la parte irracional de esta esquizofrenia, es evidente y necesario que no te entienda.
Porque no querés...
Claro que no quiero.
Porque tenés miedo.
¡Ja! ¿Miedo decís? ¿Miedo de qué?
De darte cuenta.
¿De qué?
De que soy la que te dice lo que en realidad pensás. No esas tontas ideas moralistas que tenés aprendidas de memoria.
¿Y qué si me da miedo? ¿No tengo derecho acaso?
Claro que sí, nena, de lo que no tenés derecho, es de traicionarte.
¿Vos creés que me estoy traicionando?
No importa lo que yo piense, importa lo que vos pensás.
¿No dijiste que vos me decís qué debo pensar?
Veo que no has entendido nada.
Puede que no quiera entender.
Es verdad, y también puede que te odies hoy por los lugares a donde va tu mente cuando te colgás, pero más te vas a odiar dentro de mucho tiempo cuando te des cuenta de que se vive de los hechos y no de las fantasías.
No sé qué contestar a eso.
Parece que vamos llegando al punto, y que finalmente, nos estamos entendiendo.
No, cada vez te entiendo menos, cada vez me entiendo menos. Ya no sé qué quiero hacer. Ya no sé dónde, ni cuándo ni con quién quiero estar.
¿Segura?
No, no estoy segura de nada. Sólo tengo un presentimiento y no quiero que ésa sea mi brújula. Quiero algo real. Y tengo miedo de que se vuelva real. Tengo miedo de que pase del pensamiento a la palabra, y de la palabra a tenerlo en frente de mí. Le tengo más miedo a la palabra. Creo que no podría resistirlo.
Negarías todo... Bueno, depende de quién te lo preguntara, claro.
Adivinaste. Podríamos decir que sí, negaría todo y huiría, porque es imposible...
Parece que de eso sí estás segura.
Sí... Y extrañamente me decepciona.
Ya sé que dirás ahora... Balbucearás algo sobre los momentos más inoportunos...
No me lo eches en cara, sabés que soy así, y que me odio por admitirlo.
Vivís de las emociones vos eh, no podés resistirte ante un poco de adrenalina.
En una de ésas, tiene que ver con: Divagues, Sólo para entendidos
sábado, 26 de abril de 2008
Interrogantes
(Ideal para leer escuchando "Those sweet words" de Norah Jones)¿Cuándo sucedió? Lo perdimos en el camino... Lo olvidamos quizá... Se desprendió sin darnos cuenta...
¿O acaso algo cambió? En mí, en vos, en los dos.
Cuándo es momento de decir adiós, cuándo hasta pronto, y cuándo es mejor no decir nada...
No lo sé.
Cuándo hay que callar en el teléfono, escuchar, colgar sin agregar una sóla palabra más. Tragarse las cosas que quedaron por decir.
No lo sé, y no te miento.
En qué instante algo se quebró, si es que fue en un instante.
En qué minuto algo se extinguió, se apagó, se terminó, se cerró...
No lo sé, no me preguntes.
Cuándo mis oídos de taparon por completo y mis ojos se nublaron. Cuándo quise dejar de escuchar, dejar de ver, dejar de sentir.
When did I become so comfortably numb?
Que no lo sé, te he dicho, y que ya no hagas preguntas.
Necesito algunas respuestas, pero aún no alcanzo a formular las preguntas correctas.
Ése es el punto.
No, no me canso de tener problemas, me canso de tener siempre los mismos.
No, no me quejo de las cosas aburridas que me rodean, me quejo justamente del aburrimiento que me abruma y me embota los sentidos.
Hoy es el cuándo lo que me persigue, mañana tal vez sea el porqué, pero precisar el momento exacto, puede ayudarme a encontrar razones.
De todos modos, los motivos no son lo que busco... Hoy sólo me pregunto cuándo...
¿Cuándo qué?
Pues no lo sé, si lo supiera, no tendría sentido.
Suena The Magic Numbers de fondo, nada podría combinar más con esta situación, este ambiente, este pequeño momento, que será probablemente relegado a lo más recóndito de mi memoria, en breve, o dentro de un tiempo, no sé cuánto.
Hoy, no sé nada.
Hoy no.
Hoy no soy.
Hoy no existo.
Hoy no me conocés.
Hoy no me conozco.
Hoy me siento en el pasto, al costado de la huella, a descansar, a oler la tierra, a tomarme el cielo.
Hoy sólo puedo preguntar.
Hoy no tengo respuestas, así que no hagas preguntas si no puedo contestártelas. Sin embargo nunca me había sentido tan llena y tan real como hoy.
Ya lo sé, para vos seguiré siendo un lindo signo de interrogación, por un tiempo más.
¿Y cuánto es un tiempo?
No lo sé, pero, ¿de verdad querés saberlo?
A veces, no nos hacemos las preguntas justas, por miedo a las respuestas. Pero algo me dice que eso no va a cambiar, somos así, fuimos hechos así.
No tengas miedo, sólo acompañame a esperar, o simplemente quedate al lado mío sin hacer preguntas, y nunca podré terminar de agradecértelo.
Sé mi mejor amigo, como solías serlo. Sé todas esas cosas que me hacen bien, y no me pidas nada más.
No hoy. Porque hoy no pueden salir de mí nada más que dudas sin resolver, oraciones sin completar, sólo... sólo quedate.
Quedate donde pueda verte, donde pueda acudir rápido a vos cuando tenga miedo.
Quedate cerca, pero dejame respirar, dejame ser, dejame odiarme si es eso lo que necesito.
Dejame sacarnos el disfraz.
Dejame vernos tal y como somos.
Dejame odiarte por un momento, para volver a amarte como siempre, como nunca, como alguna vez te he amado...
¿Hasta cuándo voy a estar así?
No lo sé, pero la ruta es larga y desierta, y si querés acompañarme, meté la paciencia y la comprensión en la mochila; un poco de jugo de naranja, porque sabés que no me gusta el agua; también un par de abrazos y sobretodo ponete zapatillas, porque los pies duelen después de caminar tanto...
Y conmigo nunca estaremos en el mismo lugar, así que tenés que acostumbrarte a mi bonito desastre.
¿Venís?

En una de ésas, tiene que ver con: Reflexiones, Sólo para entendidos
viernes, 18 de abril de 2008
Viernes sin estrellas
Viernes.
Camino tranquilamente, descendiendo por la loma desde la que se ven casi todas las luces de la ciudad.
No hay una pizca de viento. La noche está calma y deliciosa.
Se escuchan grillos y algunos sapos. Miro hacia arriba y aprecio la inmensidad del cielo negro; me absorbe. Más negro para mí que para los demás, porque sin los anteojos, veo muchas menos estrellas. Realmente muchas menos. Pero no importa.
Escucho mis pasos, sin eco esta vez. Casi arrastro los pies, con una parsimonia envidiable y hasta molesta. Llego al final de la cuadra, a mi izquierda, la desierta vía del tren, a mi derecha, la pequeña e intransitada calle que lleva hasta mi casa.
Doblo a la derecha, y continúo avanzando, no sé verdaderamente cómo, pues a veces parece que me deslizara.
Los árboles arrojan sombras livianas y etéreas sobre la calle. El asfalto es clarito, casi blanco, ideal para andar en patines o bicicleta.
Es uno de esos momentos en que me extraño a mí misma con siete años, feliz, despreocupada, jugando carreras contra el viento en mi bici amarilla.
Ahora las carreras las juego contra el tiempo, contra la rutina, contra todo lo gris y monótono que me aplasta cada día contra la pared.
Camino lento porque quiero retrasar al máximo el momento de la entrada. Pero mis pies sin querer me llevan hasta la puerta.
Toco timbre, espero que me abran. Entro, prendo la pc, conecto el msn, abro el blog y comienzo a escribir.
Me lamento de no poder estar aún ahí afuera.
Las tareas pendientes caen sobre mí como piedras del granizo, y es entonces cuando recuerdo todo lo que no hice en la semana.
Y es una semana más que termina, en la cual me la pasé de aquí para allá, pero no estuve en ningún lado.
Siempre me afectaron los viernes.
En una de ésas, tiene que ver con: Cuentos o algo así, Doy fe: Esto me pasó, Reflexiones
miércoles, 16 de abril de 2008
Reciclando
Sinceramente no recuerdo si esto lo posteé alguna vez, pero ahí va (algunos ya lo leyeron en la It's Pop de Popomundo pero retocado para que pareciera parte del roleo)... No me acuerdo cómo surgió esto, creo que lo escribí en el topic Desvaríos del foro de ese juego y me gustó mucho (lo cual es raro porque generalmente odio lo que escribo). Si bien ya me cansó bastante porque lo edité mucho para que me lo publicaran en la revista (éste que les dejo aquí es el original), no podía dejar de postearlo. Bueno los dejo leyendo mientras me voy a llevar a mi gatito a su camita porque está llorando acá al lado ^^

Te conocí sin saberlo, te encontré sin buscarte. Esa noche.
Caminaba apurada por una calle desierta. Sólo se oían los sapos y mis pasos. Era tarde, había tormenta, y vos seguías parado ahí, dejando que el agua se escurriera entre tu pelo, tu campera azul y tus jeans oscuros.
Tenías la mirada perdida. Parecía que no querías darle batalla a las gotas. Estabas rendido. Te miré extrañada y creí verte llorar. Y eran tus lágrimas las que de repente empaparon mi alma.
Caminé decidida hacia vos, mis zapatillas salpicaban el agua de los charcos. Te cubrí con mi paraguas. Levantaste la cabeza, y ahí fue...
Me miraste. Me miraste y fue tarde para cualquier tipo de arrepentimiento. Y clavé mis ojos en vos. Y cientos de burbujas nos rodearon y sentí que ya no tenía que buscar más.
Sin previo aviso me sacaste el paraguas y lo tiraste al suelo. Y no me importó la lluvia, ni que se me arruinara el peinado, ni el frío que sentía, ni el viento helado que nos golpeaba con sus invisibles e infinitos brazos.
Porque no sólo estábamos los dos, ahora éramos dos. O éramos uno. O ya no sé muy bien pero no me importó. Estábamos ahí, habíamos coincidido en esa esquina oscura, tranquila y muerta. Los faroles de la calle apenas iluminaban la escena. Pero se dio el milagro de encontrarnos, a esa hora, en el minuto exacto, en esa esquina gris, como si los dioses se hubieran puesto de acuerdo.
Y no necesitaba saber tu nombre, me alcanzó con conocer tus ojos tristes, desilusionados, esos ojos sin tiempo. ¿Quién te había herido así?, dejándote bajo la lluvia, vagando por el mundo sin nada por lo que luchar. Desconocía lo que hacías antes de encontrarte, cuando estabas perdido, cuando no sabías quién eras.
Pero no me interesaba, pues sólo deseaba curarte, cuidarte, estar con vos. Y el peso del tiempo ya no reinó sobre mí cuando nos quedamos como dos perros mojados, como tontos, como nenes, mirándonos sin decir nada.
Y sonreiste, y creí que me derretía. Sonreiste y volvieron las burbujas y fue como si pinceles con vida propia desparramaran sus mejores colores a a nuestro alrededor.
Fuegos artificiales explotaban en mi pecho, ruiseñores jugaban cerca de mi pelo, y te devolví la sonrisa.
Y nos quedamos en esa esquina, sin hablar. Pero sabía que te morías por conocer mi voz.
- ¿Dónde te escondiste todos estos años? - Te pregunté.
- En ningún lado. Comencé a existir cuando me miraste.

Te conocí sin saberlo, te encontré sin buscarte. Esa noche.
Caminaba apurada por una calle desierta. Sólo se oían los sapos y mis pasos. Era tarde, había tormenta, y vos seguías parado ahí, dejando que el agua se escurriera entre tu pelo, tu campera azul y tus jeans oscuros.
Tenías la mirada perdida. Parecía que no querías darle batalla a las gotas. Estabas rendido. Te miré extrañada y creí verte llorar. Y eran tus lágrimas las que de repente empaparon mi alma.
Caminé decidida hacia vos, mis zapatillas salpicaban el agua de los charcos. Te cubrí con mi paraguas. Levantaste la cabeza, y ahí fue...
Me miraste. Me miraste y fue tarde para cualquier tipo de arrepentimiento. Y clavé mis ojos en vos. Y cientos de burbujas nos rodearon y sentí que ya no tenía que buscar más.
Sin previo aviso me sacaste el paraguas y lo tiraste al suelo. Y no me importó la lluvia, ni que se me arruinara el peinado, ni el frío que sentía, ni el viento helado que nos golpeaba con sus invisibles e infinitos brazos.
Porque no sólo estábamos los dos, ahora éramos dos. O éramos uno. O ya no sé muy bien pero no me importó. Estábamos ahí, habíamos coincidido en esa esquina oscura, tranquila y muerta. Los faroles de la calle apenas iluminaban la escena. Pero se dio el milagro de encontrarnos, a esa hora, en el minuto exacto, en esa esquina gris, como si los dioses se hubieran puesto de acuerdo.
Y no necesitaba saber tu nombre, me alcanzó con conocer tus ojos tristes, desilusionados, esos ojos sin tiempo. ¿Quién te había herido así?, dejándote bajo la lluvia, vagando por el mundo sin nada por lo que luchar. Desconocía lo que hacías antes de encontrarte, cuando estabas perdido, cuando no sabías quién eras.
Pero no me interesaba, pues sólo deseaba curarte, cuidarte, estar con vos. Y el peso del tiempo ya no reinó sobre mí cuando nos quedamos como dos perros mojados, como tontos, como nenes, mirándonos sin decir nada.
Y sonreiste, y creí que me derretía. Sonreiste y volvieron las burbujas y fue como si pinceles con vida propia desparramaran sus mejores colores a a nuestro alrededor.
Fuegos artificiales explotaban en mi pecho, ruiseñores jugaban cerca de mi pelo, y te devolví la sonrisa.
Y nos quedamos en esa esquina, sin hablar. Pero sabía que te morías por conocer mi voz.
- ¿Dónde te escondiste todos estos años? - Te pregunté.
- En ningún lado. Comencé a existir cuando me miraste.
En una de ésas, tiene que ver con: Cuentos o algo así, Ternura embotellada para gente que la necesita
miércoles, 9 de abril de 2008
Predicciones

Tirados en medio de un campo amarillo, mirando las formas raras de las nubes. La brisa de esa primavera había llegado haciendo cosquillas a las plantas y se había quedado ahí, a su alrededor, jugando con ellos. Permanecían en silencio. El sol era tibio, agradable. No necesitaban ni hablar, ni tomarse de la mano siquiera. Sólo bastaba con estar ahí, uno al lado del otro.
Él un poco desaliñado y con la ropa gastada, ella tan angelical como siempre, como si la tierra no la ensuciara o el viento no la despeinara.
Dentro de poco llegaría el verano y tendrían que despedirse. Todo lo que querían decirse se les atropellaba en la garganta y antes de decirlo dudaban, enmudecían. Decidieron que no era necesario discutir más sobre el tema. El día llegaría y no podrían hacer nada, porque el tiempo camina, salta o corre cuando tiene ganas.
Esas últimas semanas había pasado muy rápido pero... En ese momento, y sólo en ese momento, parecía que no existía. No es que se hubiera detenido sino que, por una vez en sus vidas no sentían su peso en los hombros.
Sabían que probablemente no se volverían a ver, que ese campo, esa casa, esas montañas, ese arroyito y ese sauce pertenecían a una época de su vida que tenía lugar esa primavera, y no fuera de ella.
Sentían un vacío al pensar eso pero era irremediable, y lo entendieron.
Se iría ella aquel diciembre y él partiría hacia el lado opuesto del camino. Se saludarían con la mano, con una mirada de ésas que te parten en dos.
Se extrañarían. Querrían volver corriendo a abrazarse o simplemente a ensayar risas y carreras en ese paisaje que parecía hecho para ellos y nadie más.
Lloraría ella, se quedaría él tirado en la cama mirando el techo. Ella lo recordaría al escuchar las canciones más tristes y él, cada vez que viera llover.
Sus amigas le dirían que está rara, sus amigos tratarían de convencerlo de que salga y se divierta.

Pasaría el tiempo. Las semanas se vestirían de meses, los meses de pondrían el disfraz de los años y poco a poco ese noviembre quedaría relegado al rincón latente de sus memorias.
Lo sabían, sin detalles claro, pero con la certeza amarga de que sería así.
Ella se casaría con un hombre sencillo y que la amara bien, tendría algunos hijos, sería una hermosa madre y esposa.
Él probablemente hiciera su parte, conocería a alguien que le prestara ratos de felicidad y hasta quizás se atrevería a enamorarse de nuevo.
Se encontrarían luego de muchos años, de casualidad, comprando regalos de Navidad, tal vez...
Ya no verían ese brillo en los ojos del otro y el campo amarillo parecería tan lejano.
Habrían cambiado, ni siquiera serían ellos mismos, pero estarían bien, tranquilos, con toda una vida hecha. Realizados al fin. ¿Felices? Seguramente, por momentos sí...
La llovizna cálida cayó sobre el campo amarillo y sobre sus caras. Entrelazaron sus manos y juraron no salir nunca del otro.
Es difícil despedirse, cuando se sabe que es para siempre.
Y entonces comprendieron que el presente era su única y verdadera venganza contra el futuro.

Suscribirse a:
Entradas (Atom)